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VISTAS EXTERIORES DEL TEMPLO PARROQUIAL

VISTAS INTERIORES TEMPLO PARROQUIAL

Historia de la torre del templo parroquial (Por José Domingo Delgado Bedmar. A propósito de las obras de reforma en la cúpula. Octubre 2014)

Puede decirse sin mucho margen de error que la primera parroquia de Puertollano se levantaría en el segundo cuarto del siglo XIII, después de la consolidación de la conquista cristiana de estas tierras y la repoblación de las mismas. Sólo entonces se podría acometer el esfuerzo que suponía la construcción del edificio más importante del nuevo núcleo poblacional y ya en 1245, año en que por primera vez aparece el nombre de “Puerto Plano”, tenemos la constatación de que en él existía una parroquia, de la que sabemos que tenía tres naves y, muy probablemente, una espadaña en lugar de una torre.

Es lógico suponer que el edificio estaría en consonancia con el reducido vecindario del lugar, y que se vería afectado tanto en sus padecimientos (sobre todo, por la epidemia de peste de mediados del siglo XIV), como en su prosperidad, que comenzaría con el desarrollo de la industria de los paños, a finales del siglo XV. El extraordinario aumento de la población que esto va a suponer hará que se quisiera construir una “nueva” iglesia que atendiese a las necesidades espirituales de los nuevos habitantes, y ya en los primeros años del siglo XVI tenemos noticia de unas ambiciosas obras que se desarrollarán casi sin interrupción durante toda la centuria.

Hay que esperar, no obstante, hasta 1577 para tener las primeras noticias documentales de la construcción de una torre en el nuevo edificio. En ese año, los visitadores de la Orden de Calatrava que vinieron a revisar las cuentas y el estado de la fábrica de la iglesia, redactan lo siguiente: “Vimos y visitamos el cuerpo de la iglesia, la cual hallamos hecha y acabada toda la fábrica de ella, y enlucida toda la capilla mayor y toda la bóveda alta de la dicha iglesia, y para enlucir todo lo demás que falta de los lienzos de las paredes de la dicha iglesia[1]. A pesar de que se tenía la previsión de que la torre del nuevo edificio se hiciese en la zona de la cabecera, tras la capilla mayor, los visitadores comprobaron que no se había hecho y que, por el contrario, en su lugar se había construido un sólido contrafuerte en la zona de los pies, por cuyo interior ascendía una escalera de caracol hasta el tejado, y lo consideraron suficiente para que sirviese provisionalmente como torre “hasta tanto que a la iglesia y a la villa les parezca otra cosa y tengan comodidad para la fábrica de la dicha torre que primero estaba trazada[2].

Casi dos décadas después, en 1594, el Concejo de Puertollano solicitaba a Felipe II que se concluyeran las obras de la iglesia parroquial, que se tasaron en once mil ducados y que consistirían en la construcción de una tribuna y de una torre, la ampliación de la sacristía, la reparación de las bóvedas ya hechas, la compra de órganos nuevos, la construcción de un pozo y la adquisición de ornamentos y objetos litúrgicos. El rey atendió esta solicitud y ordenó que el prior de Alcolea, Fray Luis de Huerta, se trasladase a Puertollano e hiciese las gestiones necesarias para comprobar la idoneidad de dichas obras y necesidades y, algo muy importante, quién debía pagarlas.

Una vez llegado a Puertollano, Fray Luis dispuso que unos maestros de albañilería tasasen las obras que se juzgaban necesarias, que después de revisar minuciosamente el estado del edificio coincidieron en que era necesario hacer la tribuna o coro “por causa de la mucha gente y por el recogimiento de los clérigos para hacer el oficio divino”; que había que construir la hasta ahora postergada torre para las campanas “porque en donde están es parte muy baja y en umbría, y peligrosa y baja en tal manera que no se oyen en la mayor parte del pueblo, y por ser delgada, la pared donde están tiembla cuando las tañen en toda la iglesia y causan temor”; que era recomendable ampliar la sacristía porque “no caben los clérigos en ella”; que había que derribar unas casas limítrofes para ampliar el reducido cementerio parroquial; y que había que abrir una puerta más “necesaria para la gente pobre y distraída poder entrar por allí (y) oculta y secretamente oir misa[3].

Las obras se licitaron en casi dos millones y medio de maravedís, realizando Fray Luis un informe en el que consideraba como adecuados los trabajos propuestos y justas las peticiones del Concejo puertollanero. En lo referente a la tan traída y llevada torre, consideraba que era muy necesaria, pero se podía esperar un poco para levantarla porque “una persona, hombre de calidad y que sirve de Maestre de Campo del Rey nuestro señor en la tercera de Portugal, natural de esta villa, quiere hacer una capilla suntuosa y fuerte en la dicha iglesia a la parte donde más necesidad tiene de reparo, (en) la cual se podría hacer la dicha torre para las campanas[4]. Tras pregonarse las obras por toda la comarca, se adjudicaron provisionalmente a Juan Castillo el 25 de junio de 1596 dado el peligro inminente de hundimiento de las dos capillas de la fachada del mediodía “y que con gran peligro se entra en dicha iglesia y la mayor parte del pueblo, con temor, se excusa de entrar en ella, y que está el tiempo muy adelante para invernar y si llueve no se podrá hacer esto si no es con grandes daños y dificultades”.

El grueso de las obras fueron adjudicadas a finales de 1596 a Gregorio Díaz, maestro de cantería vecino de Almagro, en 2.232.000 maravedís. Nada más comenzarlas, ya en 1597, el Concejo acordó que, dadas las dificultades técnicas sobrevenidas, se alargase la proyectada tribuna, se comprasen unas maderas más largas y de una mayor calidad, y, sobre todo, que “la torre, que era baja, se subiese dos varas y media de mampostería, y que en ella se echasen tres arnesas de piedra labrada y a donde se han de poner las campanas se hiciese ventanaje de sillería, porque dicho maestro no era obligado a hacerlo sino de ladrillo, y por los libros de traza que era condición que se había de cubrir la dicha torre con un tejado, que se hiciese un chapitel de pizarra de buen enmaderamiento[5]. Estas mejoras en los trabajos a desarrollar se tasaron nuevamente por maestros canteros e hicieron que el presupuesto total previsto subiera en más de un millón de maravedís.

En 1608, nuevos visitadores de la Orden de Calatrava llegan a Puertollano y de su testimonio podemos deducir que las obras proyectadas una década antes no estaban del todo acabadas, pero faltaban pocos detalles, y comprobaron el buen estado general del cuerpo de la iglesia, la torre, las bóvedas, el osario y el cementerio.

En enero de 1627, se produce un derrumbe parcial en la cabecera de la iglesia y comienzan nuevas obras de restauración, durante las cuales nuevos visitadores de la Orden de Calatrava, en 1637, comprueban que la torre era “muy buena de cantería con sus caracoles y el chapitel es muy bueno[6], aunque advirtieron que ya necesitaba reparaciones menores en la madera que lo sostenía. Precisamente los defectos que tenía esta madera darán origen a un nuevo periodo de obras: en 1662 el Concejo de Puertollano pide ayuda al Consejo de las Órdenes Militares para intervenir en el chapitel de la torre que “amenaza ruina por haber faltado y cada día va faltando el árbol mayor por sobrevenir este daño de irse pudriendo la madera del dicho árbol por el agua que le entra por el asiento de la cruz de la dicha torre, y si no se pone remedio con toda precisión, está a gran peligro de caerse el dicho chapitel y dará en el cuerpo y tejados de la dicha iglesia, y la arruinará y derrotará, siendo esta pérdida y daño muy considerable[7]. Con todo, y a pesar de la urgencia que parecían tener, habrá que esperar cinco años para que, tras superar los problemas derivados del mecanismo de contratación de trabajos por posturas a la baja, las obras llegasen a ese chapitel que amenazaba la seguridad de la iglesia entera.   


[1] Archivo Histórico Nacional, Consejo de las Órdenes, legajo 6.083, doc. núm. 12. En este documento, como todos los demás aquí transcritos, hemos “modernizado” su ortografía y puntuación para facilitar su comprensión.

[2] Ibidem. Archivo Histórico Nacional, Consejo de las Órdenes, legajo 6.083, doc. núm. 12.

[3] Archivo Histórico Nacional, Órdenes Militares, legajo 34.603.

[4] El doctor Limón cita en su conocido libro de las aguas que el Maestre de Campo don Antonio de la Puebla, que había sido sargento mayor de los tercios españoles en Italia y después luchó en Flandes, fue nombrado por Felipe II “Gobernador de las Islas Terceras”. Hay que recordar que así eran conocidas las Islas Azores, que pertenecieron a corona española de 1580 a 1640, en virtud de la anexión de Portugal y sus colonias en tiempos de Felipe II. LIMÓN MONTERO, A.: Espejo Cristalino de las aguas de España, hermoseado y guarnecido con el marco de variedad de fuentes y baños cuyas virtudes, excelencias y propiedades se examinan, disputan y acomodan a la salud, provecho y conveniencias de la vida humana, Alcalá de Henares, 1697, p. 193.

[5] Archivo Histórico Nacional, Órdenes Militares, legajo 37.958.

[6] Archivo Histórico Nacional, Consejo de las Órdenes, legajo 6.098, doc. núm. 3.

[7] Archivo Histórico Nacional, Órdenes Militares, legajo 45.443.

Después de tantas tribulaciones, puede decirse que con el siglo XVIII asistimos a una relativa “calma”, que tendrá su correlato en una cierta escasez de noticias documentales. Como curiosidad, digamos que durante el motín que tuvo lugar en la villa en la primavera de 1734 por el desabastecimiento de trigo, hemos podido saber que la campana de la iglesia tenía un cordel por fuera de la torre y llegaba hasta el suelo “según el estilo antiguo de la villa, para poder tocar desde la calle siempre que se ofrece alguna precisión como fuego[1]. También, en la segunda de las respuestas dadas al Interrogatorio del Cardenal Lorenzana, en 1788, se dice que Puertollano “tiene una parroquia de muy fuerte y vistosa arquitectura, así en el exterior como lo interior, de una sola nave, pero de una fábrica muy sólida de mampostería, con algunas piezas de sillería que la hacen en su clase singular; con dos puertas grandes, la una al norte y la otra al mediodía, y en ambas famosas portadas de sillería labradas a cincel, de buena perspectiva y hermosura. Otra puerta que tenia entre las dos se condenó para su mayor abrigo y comodidad. Está dedicada esta iglesia a la Asunción de Nuestra Señora y, aunque por sus permanentes y aún recientes vestigios se deja conocer estaba colocada en el centro del pueblo, hoy lo está en la parte superior y despoblada. Tiene una torre de tres cuerpos de igual solidez y fábrica[2].

En 1801, con motivo de la toma de posesión del nuevo comendador de Puertollano, se hace un reconocimiento completo del edificio y gracias a él podemos saber datos de un extraordinario interés para conocer con precisión cómo era entonces la torre:

 

Bajando de dicho suelo cuadro al cuarto de los fuelles y saliendo al citado paso o callejón, sobre la derecha y al levante de él se encuentra una puerta de quicio de dos hojas, su elevación dos varas y una de latitud; su fábrica clavadiza de tablas con su cerrojo, llaves y aldaba de hierro: por ella se entra al primer cuerpo de cuatro de que se compone la torre de dicha iglesia, en que se encuentra una escalera de piedra labrada en forma de caracol, cuyo primer cuerpo está embovedado de ladrillo y yeso a medio punto; y entrando en dicha escalera a los veintinueve escalones se encuentra un postigo de tableros de seis pies de alto y cuatro de ancho por el que se entra al segundo cuerpo de la torre, sobre dicha bóveda que es de seis varas en cuadro; su pavimento está enladrillado y tiene una ventana de piedra que mira al norte, de seis pies de elevación y cuatro de latitud.

Desde dicho suelo sigue otro tiro de escalera a caracol hasta el embovedado de la iglesia que contiene treinta y cuatro escalones, a cuyo final hay una entrada que conduce sobre la bóveda de la iglesia, en donde está su armadura (...). Saliendo de dicho cuerpo de bóvedas para la entrada referida a la expuesta escalera o caracol, desde ella sale una escalera de pino de doce escalones y al remate de ella se encuentra un arco de ladrillo y piedra labrada por el que se entra al tercer cuerpo de la torre, que es de seis varas en cuadro, que se halla embovedado y tiene un arco o ventana de piedra labrada que mira al Norte; en cuyo tercer cuerpo se halla colocado el reloj que es de la villa. En dicho tercer cuerpo hay una entrada que conduce a otro tramo de escalera de caracol, que contiene treinta y seis escalones hasta el plan de campanas; su piso es de siete varas en cuadro, está enladrillado, su armadura es de diez sexmas, enripiado de tirantes en el que hay ocho ventanas o arcos de piedra de sillería y en diferentes de ellos cinco campanas; y en ellas la entremediana se reconoce estar quebrada e inservible y por cuya razón se necesita fundir de nuevo, cuyo costo ignoran estos peritos como de ninguna inteligencia en ello; este desmejoro proviene de seis años a esta parte, en que se cascó dicha campana, y después acabo de quebrarse en el día del Corpus del año pasado de mil setecientos noventa y nueve. Todo el cuerpo de campanas hasta el cascarón de pizarra que lo cubre es de piedra de sillería, con sus cruceros de sexmas que abrazan la fábrica, tiene sus ocho pares tornapuntados al anillo que mantienen dicho cascarón o remate con su cruz.

Reconocido el expresado cascarón, remate o cubierta, que su fábrica es de ladrillo y yeso empizarrado, con su remate de piedra, bola, cruz y veleta, se registra se halla construido sobre los cruceros y pares tornapuntados que quedan mencionados en la situación en que antes se hallaba un faldón y chapitel también empizarrado, pero con la circunstancia que en toda la circunferencia del actual remate o cubierta se ve al descubierto una vara de la fábrica de piedra sillar de que se compone el mencionado cuerpo de campanas, porque habiéndose corroído y podrido el solado que le hicieron, se filtran las aguas por entre las junturas de las piedras y rompen los embarbillados de los pares que sostienen el anillo o cubierta, pudriéndolos, con el grave perjuicio de que pueda ocurrir una pronta ruina, y para su remedio se hace preciso desmontar dicho solado y construirlo de nuevo con las mismas piedras que hoy tiene y para ello se consideraron precisos cuatro cahizes de cal que costarán doscientos reales, tres cahizes de arena del castillo de Almodóvar del Campo ciento cincuenta reales, doscientas cincuenta pizarras para reponer las que faltan por doscientos cincuenta reales, etc.[3].



[1] Archivo Histórico Nacional, Consejo de las Órdenes, legajo 60, exp. 1.

[2] Archivo Diocesano de Toledo, Cardenal Lorenzana, legajo 2.

[3] Archivo Histórico Nacional, Consejo de las Órdenes, legajo 4.367.

La Asunción en 1906.
La Asunción en 1906.

La extensa descripción que entonces se hizo de la iglesia y de cuanto contenía en su interior tiene el valor de ser la inmediatamente anterior a la Guerra de la Independencia y, sobre todo, a la primera de las guerras carlistas (1833-1840), y gracias a ella podemos saber poco más o menos lo que había en la iglesia cuando sucedió el “episodio carlista de Puertollano”, el 3 de marzo de 1838: tras un primer ataque de los casi cuatro mil integrantes de la expedición organizada por el general carlista don Basilio García, las tropas fieles a Isabel II acuarteladas en la ciudad y algunos paisanos se retiraron en dirección al único edificio del pueblo en el que podía plantearse una defensa mínimamente eficaz: la parroquia de la Asunción.

Allí se encerraron, concentrándose sobre todo en la torre (hoy se pueden ver en ella numerosos impactos de proyectiles), a la espera de poder ser auxiliados, pero tras los primeros embates de los carlistas se desató un incendio que les hizo comprender que si continuaban con las hostilidades podía volver a darse la tragedia sucedida días antes en la parroquia de Calzada de Calatrava en similares condiciones, en la que murieron 164 personas, civiles la gran mayoría. Por eso se avinieron a capitular con el compromiso de preservar en todo momento las vidas de los rendidos, aunque esto no se respetó finalmente por los carlistas y al día siguiente fueron fusilados el capitán que mandaba la fuerza, cuatro oficiales, cinco sargentos, trece cabos y tres civiles en un lugar de la carretera de Almodóvar, localidad hacia la que se dirigió la columna carlista tras la rendición de las tropas gubernamentales[1]. Y pudiera pensarse que aquí acabó todo, pero no fue así: sabemos que como consecuencia de la refriega, la estructura de la iglesia quedó seriamente afectada y algunas semanas después, concretamente el 21 de mayo de 1838, se venía abajo toda la cubierta, falleciendo en el suceso diez hombres.

Las obras para reconstruir esta cubierta no comenzaron hasta transcurrida más de una década desde el hundimiento, y se dilataron nada menos que hasta 1865, año en el que la iglesia volvió a ser utilizada de nuevo, una vez finalizadas las labores de recuperación[2].



[1] GASCÓN BUENO, F.: “El episodio carlista en Puertollano”, Estudios sobre Puertollano y su comarca, Puertollano, 1981, pp. 229-235.

[2] GONZÁLEZ ROMERO, J. R.: “La restauración de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en el siglo XIX”, Campo de Calatrava. Revista de Estudios de Puertollano y comarca, 6 (2003), pp. 47-80.

Don Claudio Cebrián, cura párroco a cuya iniciativa se debe la sustitución del antiguo reloj de la torre.
Don Claudio Cebrián, cura párroco a cuya iniciativa se debe la sustitución del antiguo reloj de la torre.

Con el descubrimiento y puesta en explotación de los yacimientos de carbón en 1873, llegaron unos años de cierta tranquilidad. A principios del siglo XX, el párroco don Claudio Cebrián Pozo tuvo una iniciativa que fue pronto coronada por el éxito: la sustitución del reloj de la torre. El antiguo estaba situado, quizá desde finales del siglo XVIII, en la pared este, en el comienzo del tercer cuerpo (todavía es fácilmente apreciable a simple vista el lugar exacto). Don Claudio se propuso, y no cejó en su empeño hasta conseguirlo, que fuera sustituido por otro con cuatro esferas y una sola maquinaria que, desde la base de la cúpula que corona el cuerpo de campanas “fueran como cuatro ojos que miran a los cuatro puntos cardinales”, en gráfica frase que a menudo pronunciaba.     

                     

No pararon aquí las intervenciones en la torre: en 1929, y a iniciativa del párroco don Joaquín Roldán, que había venido a sustituir a don Claudio Cebrián en 1920, se comenzó a gestar la construcción sobre la torre del Monumento al Sagrado Corazón de Jesús.

Tras la aparición de la Virgen de Fátima a tres pastorcillos en 1917, se extendió por todo el orbe cristiano este culto que, a pesar de su antigüedad, era muy minoritario. Con la aparición de la Virgen en el santuario portugués, se retomará con fuerza esta devoción, favorecida por el impulso dado por el Papa Pío XI, y serán muchas las ciudades que elevarán monumentos públicos con su imagen. En Puertollano, desechada casi desde el principio la idea de hacer un monumento en alguno de los cerros que rodean la ciudad por los posibles peligros que pudiera correr, la iniciativa de su construcción contemplaba ubicarla sustituyendo la “piedra, bola, cruz y veleta” que hasta ese momento había sobre el chapitel que coronaba la torre de la iglesia parroquial.

Para ello se contó con la inestimable ayuda y asesoramiento de don Remigio Gandásegui y Gorrochategui, que había sido obispo de Ciudad Real de 1905 a 1914, después de Segovia (de 1914 a 1920) y que entonces lo era de Valladolid, de la que fue arzobispo de 1920 hasta su fallecimiento en 1937. En su nuevo cometido, don Remigio promovió la colocación sobre la cúpula de la torre de la catedral vallisoletana de una escultura del Sagrado Corazón de ocho metros de altura, que fue inaugurada en una solemne ceremonia el 24 de junio de 1923. Por su indicación, al igual que ocurrió con Valladolid, la imagen de Puertollano fue costeada gracias a una colecta popular, y fue encargada al mismo escultor que había hecho la figura de la capital castellana: Ramón Núñez Fernández.      

Nacido en San Fernando (Cádiz) en 1868, Ramón Núñez se trasladó pronto con su familia a Zamora, en la que aprenderá escultura con Ramón Álvarez, con quien permanece hasta el fallecimiento de éste, completando su formación con Juan Samsó en la Escuela de San Fernando de Madrid. En 1894 se trasladará a Santiago de Compostela, donde será profesor de Modelado y Vaciado de la Escuela de Artes e Industrias. En 1911 llega a Valladolid para hacerse cargo de la cátedra de modelado en la Escuela de Bellas Artes, ocupando en esta misma ciudad también el cargo de Escultor Anatómico de la Facultad de Medicina y montando un taller en el que se formarán escultores tan importantes como Baltasar Lobo, Rafael Sanz, José Luis Medina y Antonio Vaquero

Núñez se decantará pronto por la escultura religiosa, y en 1916 gana el concurso para hacer una Gruta de Nuestra Señora de Lourdes en la parroquia de San Ildefonso de Valladolid, desaparecida al demolerse el antiguo edificio de esta iglesia en 1965. En 1922 hace su primera imagen del Sagrado Corazón, encargado por los jesuitas para la iglesia de la Universidad Católica de Santiago de Chile, precedente de la que corona la torre de la catedral de Valladolid desde 1923. Esta obra hace que se le encarguen otras en la capital vallisoletana: también en 1923 hace la imagen de la Virgen de Lourdes para la fachada del colegio de igual nombre; en 1925 el busto de su maestro Ramón Álvarez para la Academia de Bellas Artes; en 1927 los bustos de los doctores Luis Mercado y Daza Chacón para la Facultad de Medicina; y en ese mismo año los jesuitas le encargan un Cristo Rey para la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Estas obras coinciden en el tiempo con los pasos procesionales para la Semana Santa de Zamora (“La Sentencia” y “Retorno del Sepulcro”) y el Cristo Yacente de la cofradía del Santo Sepulcro de Palencia. Precisamente en Palencia y para su catedral recibirá en 1929 un nuevo encargo de otro Sagrado Corazón, que finalmente recaló en el Seminario Menor. Por último, en 1930 se traslada a Madrid, ciudad en la que fallecerá el 1 de abril de 1937, a los 68 años de edad, siendo Académico correspondiente de las Reales Academias de San Fernando y de la de Ciencias Históricas y Bellas Artes de Toledo.. 

En carta fechada el 1 de mayo de 1930 y enviada por Ramón Núñez a don Joaquín Roldán, le comunica que ha estado esforzándose por terminar el modelado de la estatua, y que en tres días tendría finalizado el proceso. Le comunica también datos técnicos para que se los transmita al albañil encargado de hacer la base, señalando que debía dejar una meseta de un metro de lado para asentar en ella la peana de la estatua, y cita una curiosa circunstancia: “Consúltenme lo que quieran ya que hay que acelerar la obra por el tiempo perdido con los temporales”. Por último, y ya a mano (la carta está escrita a máquina), anota en una postdata que desde Ciudad Real le habían escrito, dando a entender que era para un encargo similar, aunque señala que preferiría que no tuviera que hacerlo, porque no tenía tiempo[1].

Realizada en cemento y arena, hueca y con un espesor de ocho centímetros, la imagen medía tres metros y veinte centímetros de alto. Para darle mayor prestancia, fue apoyada sobre una especie de templete con cuatro arcos y de tres metros y medio de altura, que descansaba sobre una cúpula de media naranja, estructura que fue construida por el maestro albañil de la localidad Casimiro López García. En la base de la cúpula, que iba pintada en blanco, una hilera de azulejos portaba las siguientes inscripciones: “¡Viva Cristo Rey! ¡Cristo vence, reina, impera! ¡Gloria al Corazón de Jesús!”. Entre estas inscripciones se situaron las cuatro esferas del nuevo reloj, que miraban a los cuatro puntos cardinales siguiendo también el ejemplo de Valladolid, y que vino a sustituir al único que entonces había, que se situaba un cuerpo más abajo y mirando al este.

Finalizado desde algunas semanas antes, el monumento fue inaugurado el 29 de junio de 1930 por el obispo de Ciudad Real, don Narciso Estenaga y Echevarría, que con este motivo ofició una misa en la explanada situada junto a la puerta norte de la iglesia parroquial[2].



[1] El original de esta carta nos fue facilitado por don José González Ortiz, al que desde aquí agradecemos su amabilidad y generosidad.

[2] “Puertollano a los pies del Sagrado Corazón de Jesús”, en Vida Nueva, Año XII, núm. 522, Puertollano, 3 de julio de 1930, p. 2.

Inauguración del Sagrado Corazón de Jesús por el obispo don Narciso Estenaga, el 29 de junio de 1930.
Inauguración del Sagrado Corazón de Jesús por el obispo don Narciso Estenaga, el 29 de junio de 1930.

Los tiempos que corrían no eran precisamente favorables y no llegó a permanecer en pie mucho tiempo, siendo destruido al comenzar la Guerra Civil. Tras la contienda, las labores de reconstrucción del patrimonio religioso alcanzaron muy pronto al monumento, pero Ramón Núñez había fallecido durante la guerra, y hubo que encargar al escultor y decorador Manuel Santos una réplica para restituir a su lugar lo destruido.

Desde entonces, la torre ha conocido varias intervenciones, la más importante de las cuales tuvo lugar entre 1990 y 1994, dentro de las obras que afectaron a la totalidad de la iglesia y que dieron lugar al edificio que hoy contemplamos. Ahora, apenas comenzado el siglo XXI, llega el momento de recuperar su integridad para afrontar el futuro con plenas garantías.